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¿Provoca el "Fracking" terremotos? El caso de Oklahoma

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Éste es el texto íntegro de nuestra última colaboración en el diario Excélsior titulado "Epidemia de temblores: de la inevitabilidad geológica a la fatalidad humana" el cual también se puede leer en la edición impresa de dicho diario, en las páginas de Dinero, en la sección de Economía a Detalle, o en el siguiente link de Dinero en Imagen. 

En México, de nuevo,  hay una epidemia de temblores. Los sismólogos nos dicen que, si bien todos ellos son de naturaleza geológica, éstos tuvieron un carácter distinto que los devastadores terremotos que acontecieron en septiembre del año pasado. La elevada sismicidad de México se debe a que el país se encuentra en las orillas de cinco placas tectónicas: Norteamericana, Cocos, Rivera, Caribe y Pacífico. Por lo general, el carácter de los sismos en México es interplaca, es decir, se generan por el contacto de unas placas con otras. La de Cocos, en los estados de Oaxaca, Chiapas, Guerreo y Michoacán, y la de Rivera, en Jalisco y Colima, se deslizan por debajo de la Nortamericana, por lo que denominan un “mecanismo de subducción”. La interacción de la placa del Caribe con la de Cocos y la Norteamericana afecta sobre todo a Chiapas, y la del Pacífico, que se desplaza de manera horizontal con la Nortamericana y es origen de la falla de San Andrés, impacta a Baja California y, en Estados Unidos, a California.

Lo más común, en México, es la fricción entre la placa de Cocos y la Norteamericana. Según datos del Servicio Sismológico Nacional (SSN), en el 2017 se contabilizaron 26,413 sismos, de los cuales casi la mitad tuvieron su epicentro en Oaxaca, en tanto el 22.9% se localizaron en Chiapas y el 12.6% en Guerrero. El movimiento sísmico del viernes, cuyo epicentro se ubicó en Pinoteca Nacional, en la costa de Oaxaca, fue al  parecer resultado de la interacción de esas dos placas.

Sin embargo, los sismos del 7 y del 19 de septiembre del año pasado fueron intraplaca, esto es, fueron ocasionados por la ruptura en el interior de la placa oceánica de Cocos, ésa que subduce bajo la Norteamericana. En consecuencia, este tipo de sismos suelen ser de mayor profundidad: el del 7 de septiembre,  cuyo epicentro se ubicó en el Golfo de Tehuantepec, se desató a casi 70 km de profundidad; y el del 19 de septiembre, con epicentro en el límite entre los estados de Puebla y Morelos, a 57 km de profundidad.

Ni la ciencia ni la tecnología, al menos en su estado actual, permite predecir los sismos. Sólo nos pueden decir las causas. En el caso de México está claro: se trata de una inevitabilidad geológica. ¿Qué se puede esperar cuando un país está cercado y atormentado por cinco placas tectónicas? Sin embargo, la ciencia también nos empieza a indicar que la intervención humana puede provocar sismos de otra naturaleza. Son los “terremotos inducidos”. Y al igual que existe una epidemia de temblores en México, también parece haberla en Oklahoma.

Allí, en aquel estado situado entre las Grandes Llanuras de los Estados Unidos, se ha vivido toda una revolución económica desde el 2009: se trata de la explotación de sus yacimientos petroleros mediante la técnica de “fracking”, o de perforación por fractura hidráulica y pozos horizontales.  Esta técnica ha detonado un boom de prosperidad en Oklahoma. Yacimientos de escaso margen que antes eran imposibles de explotar, de pronto, mediante el “fracking”, se convirtieron en un maná. Según los datos de la Administración de Información de Energía de Estados Unidos (EIA en ingles), en noviembre de 2017 Oklahoma extrajo 497,000 de barriles de petróleo crudo al día, cuando el promedio de todo el año de 2008 fue de 183,000  barriles al día. Oklahoma, por tanto, se ha convertido en el quinto mayor productor de crudo de Estados Unidos, su industria petrolera ha generado miles de empleos en el estado y ha propiciado un fuerte aumento de su renta per cápita. Pero esa prosperidad ha sido a un costo: los habitantes están ahora expuestos a un elevado riesgo sísmico.

Mediante esta técnica, los sedimentos de roca donde se encuentra atrapado el petróleo son fracturados con la inyección de una mezcla de agua, arena y sustancias químicas a elevada presión para permitir el flujo del petróleo, que se bombea a la superficie junto con el agua contaminada. La explotación de este tipo de pozos exige, por tanto, grandes volúmenes de agua que, tras el proceso, se convierten en aguas residuales de alta toxicidad. Para librarse de ellas, las compañías vuelven a inyectar dichas aguas residuales en el suelo. Pero para evitar que contamine los mantos acuíferos de agua potable, la reinyectan a cientos de metros por debajo de la superficie, en los límites entre las rocas sedimentarias y los cimientos cristalinos. Lo que sucede es que esa reinyección de aguas residuales en pozos de gran profundidad incrementa la presión en las fallas subterráneas ya existentes, ocasiona fricciones y, bajo determinadas circunstancias, puede producir convulsiones de la tierra.

Por tanto, no es la operación de “fracking” en sí la que genera la actividad sísmica, sino la reinyección de las aguas residuales tóxicas en las profundidades de la tierra. Lo que pasa es que buena parte de esas aguas residuales, según el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) proviene de esas operaciones de extracción de petróleo y gas.

De este modo, Oklahoma, que era un estado de bajo riesgo sísmico, ha llegado a situarse a la altura de California, acechada por la placa del Pacífico, como una región expuesta a sufrir un severo terremoto. Antes de que se empezaran a explotar los yacimientos petroleros mediante la técnica de “fracking” en 2009, en Oklahoma se registraban entre uno y dos sismos de magnitud 3 o superior al año. A partir de 2009 se registró un violento incremento hasta alcanzar los 887 sismos de magnitud 3 o superior en el 2015. Es verdad que por lo general han sido de baja intensidad. Y por eso, mientras los sismólogos están nerviosos, la clase política y los lobbies petroleros se resisten a poner frenos a una industria que ha traído tanta riqueza: aguantar de vez en cuando alguna pequeña sacudida telúrica no parece ser un precio muy alto.

Aun así, los reguladores adoptaron medidas con el fin de detener la situación: dictaron en 2015 nuevas normas de producción según las cuales recortaban los volúmenes de reinyección de agua residual en el subsuelo en un 40% respecto  al total observado en 2014 al tiempo que reducían la fuerza con la que puede ser descargada. Las medidas regulatorias trajeron, en apariencia, algunas mejoras. La tasa de incidencia bajó: en el 2016 el número de sismos con magnitud 3 o superior se redujo a 639 y esa tendencia a la baja se prolongó durante 2017. Sin embargo, en 2016 se produjo el sismo más potente de la historia en el estado, con una magnitud de 5.8.

Por otro lado, no se trata sólo de Oklahoma. LA USGS ha identificado otras regiones de Estados Unidos con elevada actividad de “fracking” más propensa a sufrir sismos, como en Kansas o Texas. Sí, es la producción de petróleo “shale” o de esquisto lo que ha hecho que Estados Unidos rebasara los 10 millones de barriles al día este año, algo que no sucedía en más de cuatro décadas. Pero su extracción es, en términos medioambientales, arriesgada. Y en eso concuerdan tanto los científicos como varios gobiernos: Nueva York, Vermont, Maryland, Irlanda o Francia, por ejemplo, tienen prohibida esta práctica.

Por tanto, mientras en México los sismos emanan del movimiento natural de las placas  tectónicas en las profundidades de la Tierra, en Oklahoma y otras partes de Estados Unidos son el resultado de la acción humana, por si la naturaleza, por sí misma, no nos fuera suficiente.

INFOGRAFÍA

Cinco placas tectónicas atormentan a México, y eso hace que la actividad sísmica en el país sea colosal. En el 2017 se detectaron 26,413 sismos, si bien se concentraron en cuatro estados: Oaxaca, Chiapas, Guerrero y Michoacán. Esos cuatro estados están bajo la influencia de la placa de Cocos, que subduce bajo la Norteamericana, en tanto que Chiapas también recibe el impacto de la placa del Caribe…

Fuente: Servicio Sismolólgico Nacional

 

… sin embargo, no sólo la inevitabilidad geológica produce sismos. El hombre también es capaz de provocar movimientos telúricos, o lo que llaman “terremotos inducidos”. Oklahoma, uno de los estados que más se ha beneficiado de las técnicas de “fracking” para extraer petróleo es un claro ejemplo. El “fracking” ha detonado una época de auge en Oklahoma, donde la producción de crudo casi se ha triplicado…

Fuente: Administración de Información de Energía de EU (EIA)

 

…  pero por esa prosperidad ha tenido que pagar un precio. Oklahoma ha pasado de tener prácticamente cero riesgos sísmicos a ponerse a la altura de California, el segundo estado más peligroso detrás de Alaska. En 2015 se produjeron casi 900 sismos. La causa es la reinyección de aguas residuales tóxicas procedente del “fracking” y de otras actividades industriales a grandes profundidades de la tierra…

Fuente: Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS en inglés)

 

… derivado de esa situación, las autoridades regularon los volúmenes y la fuerza con la que esa agua residual puede ser reinyectada a la tierra, lo que ha permitido  aplacar la incidencia de los sismos. En Texas y Kansas, donde el petróleo “shale” es un boom, también se ha detectado mayor actividad sísmica. Pero es esa producción de petróleo la que ha permitido que EU vuelva a producir más de 10 millones de barriles.

Fuente: Bloomberg

 

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