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Roubini, el “Dr Catástrofe”, se apunta a nuestra profecía: el 2016 será el año del “crash”

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Nouriel Roubini, ese locuaz turco que imparte magisterio en la Universidad de Nueva York, fue apodado el “Dr. Catástrofe” por las acertadas previsiones que realizó sobre la debacle que se avecinaba en el mundo por el “boom inmobiliario”. Pese a sus aciertos o desaciertos, en lo general el cuadro que anunció Roubini fue bastante correcto, y así anticipó la llamada “Gran Recesión”. Su figura alcanzó una gran notoriedad en los círculos económicos y financieros y, sin duda, es un personaje a tener en cuenta. 

Ahora nos viene con otra profecía: que en el 2016 estallará “la madre de todas las burbujas”. Lo dijo en una entrevista con Yahoo Finance. Él sostiene, como muchos otros, que la colosal expansión monetaria global, liderada por la Reserva Federal de Estados Unidos y secundada, en mayor o menor medida, por el Banco de Inglaterra, el Banco Central Europeo, el Banco de Japón y el Banco Popular de China, por citar los principales, ha provocado una burbuja en toda clase de activos: inmuebles, acciones, deuda soberana tanto de alta calidad como “bonos basura”, deuda corporativa, materias primas, etc. El exceso de liquidez que han orquestado los bancos centrales del mundo quizás no haya logrado reanimar la actividad económica tanto como se deseaba: los recursos, destinados a que se inyectaran a la economía en forma de crédito, se desviaron a los mercados financieros y en lo general han detonado burbujas de activos a diestro y siniestro.

Sobre la vertiginosa formación de burbujas, sobre esta “Burbuja de burbujas” hemos sido muy incisivos en estas páginas, si bien advirtiendo siempre que no era inminente su estallido, como ése que titulamos: “La ebullición de burbujas amenaza con otra crisis”.  

Aun así, la profecía de Roubini no nos gusta, viniendo de quien viene. Nos causa pánico que venga otra hecatombe, y que pueda acontecer en el corto plazo, de aquí a dos años. Los peligros de otra crisis global son difíciles de calibrar, y realmente da miedo. La ciudadanía, la gente de a pie, todavía no se ha recobrado del golpe de la anterior crisis, la peor desde la “Gran Depresión” de los años treinta. La pérdida de riqueza ha sido brutal y esa clase media que bulló en gran parte del mundo durante los últimos veinte años se ha empobrecido brutalmente. 

Las burbujas de activos, como decimos, han servido para hacer más ricos a los más ricos, que son quienes tienen su riqueza invertida en la bolsa y en todo tipo de activos financieros. Pero no ha traído crecimiento, ni empleo ni mejores salarios. El rescate al sistema financiero global fue costoso, la deuda de los gobiernos se amplió con la crisis, y para pagarla se recortaron las prestaciones sociales, se deterioró la calidad de los servicios sociales como la sanidad, y la educación se empobreció. Los pobres son cada vez más pobres y una generación de jóvenes universitarios, bien preparada, se enfrenta a un mundo que le ofrece pocas oportunidades.  

Esa tendencia es realmente inquietante en Europa, donde los nacionalismos empiezan a resurgir con virulencia. Ahí está el ascenso del ultraderechista Frente Nacional de Marine LePen en Francia, la posible victoria de la izquierda radical de Syriza en Grecia, el surgimiento de Podemos en España, o el auge del partido Ukip en el Reino Unido, que con un discurso agresivo y con toques antieuropeístas, han logrado canalizar ese descontento en un gran apoyo por parte del electorado. El viernes, una huelga general contra el primer ministro Matteo Renzi por su reforma laboral, paralizaba Italia, y en Grecia, en medio del malestar general, la bolsa se desplomaba un 20% la semana pasada. En Alemania,  un grupo xenófobo llamado Pegida, cuyo acrónimo quiere decir Europeos Patriotas contra la Islamización de Occidente, también genera inquietud. 

En el resto del mundo, la situación también es crítica. Japón está de nuevo en recesión, China se desacelera y en los países emergentes, que precisan crecer para combatir los problemas de pobreza y descontento social, están en apuros con el reciente declive de las materias primas, sobre todo el petróleo. 

Por tanto, el mundo no está preparado para una crisis global, otra. Lo malo es que Roubini puede estar en lo correcto: puede haber una a la vuelta de la esquina que puede ser aún peor que la precedente y que puede detonar indescifrables consecuencias sociales. 

Ese augurio es triste. Lo único que nos provoca una mueca de ligera satisfacción es que ese apocalíptico vaticinio ya lo habíamos adelantado allá por el mes de junio. Lo publicamos en la portada de la Revista Forbes. En un artículo titulado “El tiempo apremia”, afirmábamos que la administración de Peña Nieto estaba perdiendo los mejores años del sexenio para crecer, y que posiblemente tenga que afrontar una crisis global en la segunda parte de su mandato. 

¿Cuándo? En ese texto conveníamos que “el estallido puede venir de cualquier lado: porque el crecimiento no termina de despegar conforme la Fed aprieta las condiciones monetarias y las utilidades se deprimen, o porque China se frena de forma brusca, o por un error de cálculo de Rusia, o porque Europa entra en deflación.  La burbuja hipotecaria le estalló a George W. Bush en plenas elecciones presidenciales. Si se repitiera la historia, algo semejante le podría suceder a Barack Obama en el 2016”.

Hay algunas razones de peso para pensar que todavía se puede demorar un año: la economía de Estados Unidos, ahora mismo, crece de manera vigorosa, más de lo que se tenía previsto.   Afortunadamente, la inflación, pese a la expansión monetaria, está controlada, y la reciente caída de los precios de la gasolina dejan margen a la Fed para ser muy cuidadosa en la conducción de la política monetaria, postergando la decisión de una subida de tasas si así lo considera necesario, siendo muy gradual, deteniendo el ciclo de subidas e incluso revirtiéndolo. 

Además, es de esperar que Europa, a principios de año, logre aplicar una política de compra de activos en toda regla, como promete el presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, que Japón mantenga una fuerte expansión monetaria, que China siga bajando las tasas de interés. Todavía hay instrumentos, sobre todo de política monetaria, para mantener esta ilusión, lo que seguirá inflando las burbujas de activos y generará crecimiento económico. 

Ahora bien: los ciclos tienen su duración, y nadie escapa a ellos. También en eso hemos insistido mucho como en este artículo titulado “El PIB de México y los ciclos económicos”.  Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha registrado 11 ciclos económicos expansivos, y su duración promedio es inferior a cinco años. El ciclo más largo fue el de los años noventa, que se prolongó durante una década. Era cuando se habló de un nuevo paradigma en el que, debido a los cambios tecnológicos y las espléndidas ganancias de productividad, la economía podría crecer de manera indefinida. Esa tesis se topó con el estallido de la burbuja del Nasdaq y la recesión de 2001. 

En Estados Unidos, la “Gran Recesión” acabó en junio de 2009. Desde entonces la economía crece, y hasta la fecha el ciclo dura 5.5 años. ¿Cuánto más puede durar este ciclo? Le damos todavía el 2015, pero no creemos que llegue a terminar el 2016. 

Denise Dresser recogió también nuestra angustia. En un artículo publicado en la revista Proceso y titulado "Fin de Sueño" advertía que la administración de Peña Nieto podría estar perdiendo los mejores año para detonar el crecimiento y que el estallido de “una burbuja financiera podría acabar con las expectativas excelsas que Los Pinos generó”. Y cada estallido de una burbuja en Estados Unidos como la de las “puntocom” y el Nasdaq en el año 2001 y la inmobiliaria en el 2009 se ha traducido en una recesión en México. 

  

A uno, como economista, le gusta acertar en sus pronósticos. Trata de esmerarse y hacerlos con la mayor profesionalidad, rigor y seriedad que puede, utilizando los instrumentos y la experiencia que los estudios y la vida le han dado. Pero como decía Joan Robison, “el pasado está dado y no se puede cambiar, y el futuro es incierto y no se puede conocer”.  Nouriel Roubini entendemos que también, y así lo ha demostrado en sus análisis del pasado. 

No saben bien cuánto nos gustaría que el “Dr. Catástrofe” se equivocara, que la próxima recesión global tardara mucho en llegar y fuera “buena, bonita y barata”, breve y poco profunda, sin graves consecuencias económicas y sociales. Ojalá fuera así, aunque significara que también nosotros le erramos. 

 

 

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