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Los republicanos se parapetan detrás del techo de la deuda para extorsionar a Obama

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Wall Street anda nervioso. En los últimos tiempos, algo que antaño era rutinario y liviano (salvo un corto episodio en la era Clinton en la que se llegó a cerrar el gobierno por unos días), se ha convertido en un verdadero drama. Y lo peor es que tras tanto drama, el siguiente acto puede terminar en tragedia.

Dos asuntos cruciales para las finanzas públicas de EE.UU.  hay en juego durante las próximas jornadas: uno, cómo manejar las cuentas del gobierno en un año fiscal que empieza en octubre y que no cuenta con presupuesto. Y dos, qué condiciones deben darse para que el Congreso eleve el techo de endeudamiento y se evite una suspensión de pagos del gobierno de EE.UU., una situación que resultaría aterradora e inaudita.

Para resolver el tema del presupuesto, el Congreso de EE.UU. cuenta hasta el lunes, 30 de septiembre. Después de esa fecha, el gobierno podría no poder operar normalmente y cerrar algunas de sus funciones y programas.

Para el del techo de endeudamiento, según una carta que el secretario del Tesoro, Jacob J. Lew, ayer envió al presidente de la Cámara de Representantes, John Boehner, el gobierno tiene dinero para poder pagar sus cuentas hasta el 17 de octubre. Para ese entonces, el Tesoro dispondrá en su caja de 30,000 millones de dólares (mdd). Después, si no se ha resuelto el tema del techo, EE.UU. podría no poder honrar todos sus compromisos entre el 22 y el 31 de octubre, cuando se estiman pagos por 60,000 mdd.  

Ambos asuntos están estrechamente relacionados y vienen de atrás, muy de atrás. El problema del techo de endeudamiento anda bloqueado desde finales del año pasado, desde el llamado “abismo fiscal”. Para superarlo se llegó a una solución parcial. En diciembre, en el último suspiro del año, se acordó un plan de subida de impuestos que supo a poco.

Se pactó un aumento de impuestos a los estadounidenses más pudientes, a los que ganan más de 400,000 dólares anuales (o a las parejas con ingresos de 450,000 dólares), junto con otras medidas para elevar la recaudación tributaria (subida de impuestos sobre dividendos y ganancias de capital, incremento en los impuestos a la nómina, un mayor tributo sobre las herencias, etc). Eso es todo lo que los republicanos cedieron.

Después, en marzo, llegó el ajuste por el lado de los egresos, con el llamado “secuestro fiscal”, un programa de recortes del gasto público desordenado, “tontos y arbitrarios”, como los definió Obama,  

En medio, con el gobierno ahogado por el techo de endeudamiento, se logró un acuerdo a finales de enero para suspender el techo de la deuda hasta el 19 de mayo. Mediante ese pacto, se permitió de nuevo al gobierno endeudarse hasta esa fecha, estableciéndose el nuevo techo en los 16.4 billones más el monto que el Tesoro hubiera precisado tomar prestado durante ese período: el resultado fue un total de 16.7 billones, que es el actual techo.

El objetivo de todas estas medidas parciales e insatisfactorias era ganar tiempo para negociar un plan de ajuste fiscal integral y de largo alcance, en el que se lograra un mejor equilibrio entre los aumentos de impuestos y los recortes del gasto, y se estableciera un techo de deuda de más largo plazo, que no precisara de renegociaciones continuas sujetas a los maquiavélicos intereses y veleidades de los legisladores.   

Pero todo se ha ido al traste, en gran medida por la intransigencia de la extrema derecha republicana, agrupada en el Tea Party.

En abril, el gobierno de Obama presentó su proyecto de presupuesto para el 2014 bastante responsable y equilibrado. Los recortes en el gasto, por un monto de 975,000 millones de dólares (mdd) se concentraban en la retirada de ayudas para la agricultura y una mayor eficiencia en los gastos destinados a salud, en tanto por el lado de los ingresos se esperaba incrementar la recaudación en 1 billón de dólares al eliminar exenciones y “agujeros normativos” que beneficiaban a las grandes riquezas y corporaciones de EE.UU.

El Senado, de mayoría demócrata, lo aprobó. Pero la Cámara de Representantes, de mayoría republicana, rechazó hasta su mera tramitación arguyendo que no aceptarían ningún incremento de impuestos adicional a los establecidos en el “abismo fiscal”.

Por tanto, el martes que viene empieza el nuevo curso fiscal sin presupuesto y con la amenaza de una suspensión de pagos sobrevolando el Capitolio, la Casa blanca y Wall Street para el 17 de octubre.

Cuando el gobierno de EE.UU. no tiene presupuesto, lo que se hace es prorrogar el presupuesto del año previo. Lo malo es que el año previo tampoco hubo presupuesto, y en verdad no lo hay desde el 2009. Por tanto, lo único que les queda prorrogar son las nefastas medidas de recorte de gasto del “secuestro fiscal”, para lo cual se precisa aprobar en el Congreso unas medidas de emergencia.

Pero el caso es que tampoco esas medidas de emergencias se logran aprobar en el Congreso, tanto en su contenido como en su duración.

Lo que los republicanos exigen, y ya aprobaron en la Cámara de Representantes, es retirar el financiamiento al sistema de salud nacido de la reforma de Obama y prorrogar hasta mediados de diciembre los recortes de gasto del “secuestro fiscal”. El Senado, que votará esa propuesta este fin de semana, posiblemente el sábado 28, buscará sacar de la propuesta la medida destinada al sistema de salud y ampliar las reducciones de gasto del “secuestro fiscal” sólo hasta mediados de noviembre, con el fin de tener tiempo para negociar un plan de gasto más sensato y duradero antes de que acabe el año.

De aprobarse esas modificaciones, la Cámara de Representantes sólo tendrá un día, el lunes, para votar esos cambios antes de que empiece el nuevo año fiscal. Y con los republicanos radicalizados, será muy difícil que salga adelante, por lo que las probabilidades de que el gobierno de EE.UU. tenga que cerrar algunas funciones públicas el martes son bastante altas.

Con ese tema casi perdido, el debate se está trasladando cada vez más al del techo de endeudamiento, mucho más delicado. Pero las demandas republicanas, las condiciones que imponen, están diseñadas para que sean imposibles de consensuar.

Pasan por retrasar durante un año el mandato individual para comprar seguros de salud que entraría en vigor en 2014 y que Obama incluyó en su reforma sanitaria, una idea de origen conservadora y que se aplicó por primera vez en Massuchussets bajo la gubernatura del ex-candidato presidencial republicano, Mitt Romney. Además incorpora medidas de desregulación en el ámbito medioambiental, y la construcción de de un oleoducto de Canadá a EE.UU., el Keystone XL, que ha despertado fuerte oposición por los riesgos medioambientales que implica. En general, todas esas propuestas ya han pasado por la aprobación de la Cámara de Representantes, pero han sido rechazadas en el Senado.

Sea como sea, tanto la negociación de las medidas presupuestales para el 2014 como la del techo de endeudamiento pasa por el reclamo republicano de desmantelar la reforma sanitaria de Obama. Parapetados detrás del techo de la deuda y la suspensión de pagos, quieren extorsionar al gobierno de Obama para dar marcha atrás en una medida progresista que ya fue aprobada por el Congreso, firmada por el presidente y autorizada por el Tribunal Supremo. Y además, casi todas las medidas pasan por seguir recortando el gasto y eludir cualquier subida de impuestos.

Obama, sin embargo, ha dejado claro que en esos términos es imposible negociar. Y que el techo de endeudamiento no debe ser elemento de chantaje, como ha venido sucediendo en los últimos años, cada vez con iniciativas que recrudecen aún más la batalla.

Además, es claro que gran parte de la culpa de la elevada deuda actual es atribuible a los republicanos y a su anterior administración, la de George W. Bush. Él no tuvo reparos en dilapidar los superávits fiscales de Clintos con políticas de recorte de impuestos para las clases privilegiadas que aún se mantienen.

Y los déficits que esa política provocó se exacerbaron con las guerras de Afganistán e Irak. Por otro lado, dejó servida una gran crisis, la peor desde la Gran Depresión, a la administración de Obama, quien ahora sí, y como parte de las políticas anticíclicas, tuvo que recurrir a políticas fiscales expansivas para suavizar la recesión y alentar la recuperación. 

Ahora, con un Obama debilitado y con el Tea Party campando por los curules de la Cámara de Representantes, quieren sacar su agenda conservadora en todo su esplendor dando una puñalada a Obama. Lo único que, de momento, las encuestas señalan que la opinión pública achacaría cualquier descalabro fiscal de EE.UU. a los conservadores. Nos tememos que al final recurrirán a alguna estratagema que evite la suspensión de pagos, pero que en el fondo no solucione nada y mantenga a Obama con los brazos atados.  

Como siempre, los republicanos sacaron su libreta dogmática cuando no gobiernan habiendo demostrado una gran irresponsabilidad fiscal cuando estuvieron en el poder. Y ahora no están dispuestos a colaborar.  

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